sábado, 24 de diciembre de 2011

El infinito está aquí. Ante tus ojos se proyecta el infinito, lo alcanzable y lo inalcanzable. Delante de nosotros todo lo posible y lo imposible. Todo lo que existe. Hilvanado y unido para que nada se pierda, todo va unido a su pretérito y a su futuro. Y es que todavía nadie ha encontrado el fin. Nunca llega el fin, sólo hay pequeñas pausas que hacen punto y seguido, y punto y a parte para continuarlo mañana o buscarle otro camino a la misma historia. Nuestra historia. Y tras vueltas y vueltas, caminos que se entrecruzan y, allí, donde se hace lejano nos encontramos el infinito que llamamos futuro. El infinito de hace unos años es hoy. Así sucesivamente pero sin terminar la historia porque nosotros quizás no estaremos pero la historia continuará. Puede verse la parte dramática o nostálgica del fin pero yo veo el encanto de saber que llega lo nuevo para darle otro sentido. Lo bello de saber que nada nos pertenece y a la vez que todo es para nuestro uso. Por eso nunca podré entender el afán de poseer por poseer sintiendo así la inmortalidad quizás, implacable la muerte para frenarla con posesiones. El infinito es un regalo que nos promete dejar un final abierto en la historia. El infinito puede ser por ejemplo, San Francisco y una vez llegamos vemos que el infinito sería Madrid, porque el mundo está hecho para ser recorrido varias veces y entonces poder llamarle infinito, con toda su paradoja de que cuánto más lo ves, más pequeño lo sientes. El infinito a veces se esconde en lo minúsculo. Quizás podremos prolongar las buenas épocas hasta el infinito o como decían en la maravillosa Toy Story, hasta el infinito y más allá...



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