Y ya no sientes nada. Pero empiezas a pensar en todo lo que te hacia sentir algo. Y abres los ojos. Consigues acordarte de la foto de tus amigos de siempre. De sus voces y sus risas. Recuerdas la última discusión con tu hermano pequeño y sonríes cuando piensas en el abrazo que te dio cuando te dejó, para volver a casa. Dejas escapar una lágrima cuando aparece el nombre maldito que más daño te ha hecho en toda tu vida. Cuando vuelve a dolerte esa quemadura. Te sujetas a la pared y te enciendes otro cigarro. No ves más allá de lo que tienes delante. Y delante solo tienes una curiosa niebla oscura. Piensas en tus nuevos amigos y compañeros. En las nuevas experiencias. Miras tu tatuaje en la muñeca para intentar averiguar la razón por la cual te lo pusiste ahí.
Y sigues sin sentir nada, aunque lo intentas. Sabes que tienes mucho por delante pero no eres capaz de asimilarlo. La luz se apaga y enciendes el último cigarro.
Necesitas alguien que te diga cualquier tontería que te devuelva a la vida. Pero necesitas que se de prisa. Porque te queda poco tiempo. El último cigarro se está consumiendo.

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