Su mano hurgó la oscuridad hasta tropezar con el perfil de la mesita de noche. Habían coincidido en ordinarias circunstancias, tejiendo entre los dos un ovillo de silencio y desconsuelo. Quizá fue esa la razón que a ella le hizo dudar e invertir su gesto. Y perdiéndose de nuevo entre los pliegues de él, buscaron en el laberinto la oportunidad de encontrarse.