Te aterra, prefieres no pensar en que llegue ese momento, no quieres que tu mundo se desvanezca. El miedo penetra en tu piel, sin pedirte permiso, se extiende con rapidez y se apodera de tu mente. Incertidumbre, desequilibrio, frío. Sientes un cosquilleo en tu estómago y a su vez el cierre de sus puertas. Parece que de tus ojos empiezan a salir unos pequeños cristales, brillantes, cada uno con un recuerdo, recuerdos especiales. Rápidamente intentas borrar de tu cara esos pequeños cristales, te miras al espejo e intentas decir en voz alta: ¡yo puedo!. ¡Qué ingenua!
Piensas más que nunca, por tu cabeza pasan cada segundo miles de posibles futuros, miles de "y si...", miles de qué podría haber pasado y miles de por qué que no obtienen respuesta. Prefieres quedarte con lo bueno, lo ficticio, ya que temes la realidad. Tus ojos tienen como una especie de venda y tu cuerpo está sumergido en el caparazón de un tortuga, en realidad sólo quieres protegerte. La mentira a veces es mejor que la verdad.
Poco a poco la venda se va desatando y los rayos de luz penetran en el interior del caparazón. Parece que la vida te obliga a aceptar la realidad y no te queda más remedio que asimilarla.
Mirar el lado positivo o por lo menos intentarlo.
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