martes, 9 de julio de 2013

Llámalo miedo o como quieras.

Te aterra, prefieres no pensar en que llegue ese momento, no quieres que tu mundo se desvanezca. El miedo penetra en tu piel, sin pedirte permiso, se extiende con rapidez y se apodera de tu mente. Incertidumbre, desequilibrio, frío. Sientes un cosquilleo en tu estómago y a su vez el cierre de sus puertas. Parece que de tus ojos empiezan a salir unos pequeños cristales, brillantes, cada uno con un recuerdo, recuerdos especiales. Rápidamente intentas borrar de tu cara esos pequeños cristales, te miras al espejo e intentas decir en voz alta: ¡yo puedo!. ¡Qué ingenua! 
Piensas más que nunca, por tu cabeza pasan cada segundo miles de posibles futuros, miles de "y si...", miles de qué podría haber pasado y miles de por qué que no obtienen respuesta. Prefieres quedarte con lo bueno, lo ficticio, ya que temes la realidad. Tus ojos tienen como una especie de venda y tu cuerpo está sumergido en el caparazón de un tortuga, en realidad sólo quieres protegerte. La mentira a veces es mejor que la verdad. 
Poco a poco la venda se va desatando y los rayos de luz penetran en el interior del caparazón. Parece que la vida te obliga a aceptar la realidad y no te queda más remedio que asimilarla. 

 Mirar el lado positivo o por lo menos intentarlo. 





No hay comentarios:

Publicar un comentario